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El sistema nervioso autónomo o sistema nervioso involuntario es el encargado de propiciar el descanso y la relajación así como la digestión pero también es el responsable de garantizar nuestra supervivencia al permitirnos luchar o escapar en caso de amenaza. Sin duda, reaccionar rápido ante el ataque de un animal salvaje cuando vivíamos en tribus o cuando luchábamos en una guerra marcaba la diferencia entre abandonar este mundo o continuar vivos. Sin embargo, hoy en día, nuestras batallas tienen otra naturaleza que requiere no caer de forma automática en la reacción sino aprender a conducirnos de una forma más reflexiva. Años de evolución y continuamos utilizando nuestra programación de la versión inicial para otorgar una respuesta reactiva inmediata. Sin embargo, actualmente, parece que la reacción nos está generando más dificultades que beneficios, nos lleva al agotamiento, a presentar problemas de insomnio, de circulación y digestión, así como a generar sentimientos de culpabilidad, dolor e infravaloración. 

Un largo y complejo día de trabajo llega a su fin y, por fin, puedes tomar tus cosas e irte a casa, cuando, de repente, aparece tu jefe y te pide que asistas a una reunión de último momento que no parece ser muy fructífera. Una respuesta reactiva mostraría automáticamente cómo te sientes: quizás decepcionado, enojado o frustrado… descubriéndote ante el otro y abriendo la puerta a la confrontación. La reacción no necesariamente soluciona el conflicto, muchas veces lo agrava, nos vulnera y nos daña. Sin duda, aprender a no reaccionar como primera opción nos ayudará en la búsqueda de una solución más asertiva y positiva. Es importante precisar que dejar de reaccionar no significa pasividad o sumisión, nada más lejos de la realidad, más bien estamos eligiendo la acción que mejor nos va a conducir a transformar aquello que nos está pasando para que deje de ocurrir. 

La acción hace referencia a lo que sucede después de la reacción, una vez que he podido detenerme y procesar el estímulo externo que me está afectando, aplico el autocontrol e intento cambiar la realidad hasta donde puedo y llego. La reacción, sin embargo, nos lleva a sentirnos ofendidos y la ofensa es interpretada como una amenaza por nuestro sistema nervioso, automáticamente, el cerebro activa y conecta las situaciones similares del pasado que nos hicieron sentir vulnerables y a las que no supimos dar una respuesta correcta en su momento, a lo anterior, se suma el miedo, el terror a perder. Ante esa reunión tardía siento que estoy perdiendo la posibilidad de descansar, de ir al gimnasio, de leer un libro o, simplemente, de convivir con mi familia. Recordemos que no hay emociones malas, solamente emociones mal dirigidas. 

Para conseguir regresar al equilibrio, debemos encontrar el punto intermedio entre el estímulo externo y la respuesta, para ello, puedo decidir no enojarme inicialmente, voy a darme el punto de calma necesario para pensar y sustituir una respuesta reactiva y emocional por una acción más asertiva y orientada hacia la solución. Así, el primer paso para el autocontrol emocional es alejarse de la respuesta inmediata, por ejemplo al aplicar un tiempo muerto o tiempo fuera: pide ir un momento al baño o cuenta hasta diez antes de contestar. La reacción no va a desaparecer porque es necesaria, pero estamos intentando redirigirla hacia una acción racional en lugar de emocional, estos pequeños tiempos muertos van a evitar la exposición inmediata aunque, sin duda, deben ir acompañados de formas de desahogo de la emoción porque si, en lugar de explosionar, se implosiona también se producirán efectos devastadores en nuestro equilibrio emocional. Cuando estés en el baño, llama a esa persona de confianza y cuéntale todo lo que habrías querido decirle a tu jefe. Cuando termines, sentirás alivio y calma. Ahora sí estás listo para responder desde la acción.

De forma complementaria es importante revisar los filtros que aplicamos a lo que nos sucede, quizás estamos siendo más drásticos y dramáticos o bien estamos dejándonos llevar por la valoración de la persona y no tanto por la valoración de los hechos, así, nuestro umbral de sensibilidad está tan bajo que todo lo que venga de esa persona ya tiene un filtro negativo, lo sea realmente o no. Para cerrar este artículo de reflexión, vamos a recuperar una frase de Gautama Buddha: “La paz viene de adentro, no la busques afuera”.

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